Para cerrar el primer trimestre ciclista del curso, elegimos un fresco sábado de noviembre en el que ir a visitar el Parque de la Elipa, cuyo horizonte corona la famosa Torrespaña, a la que los niños del siglo XX conocíamos simplemente como El Pirulí. Construído en 1982, el Pirulí serviría para repartir ondas de radio y televisión a todas partes, justo a tiempo para que los españoles pudiéramos presumir de altas miras en el mundial de fútbol, mientras Naranjito nos recordaba que este deporte está por encima de casi todo en nuestra cultura popular.
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Walter tratando de hacer ver a las gentes del siglo XXI que necesitábamos el Pirulí para ver las dos cadenas de televisión, ya que no había internet.
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Partimos desde el colegio a las 10:00, pues el día prometía fresco y no queríamos demorarnos. Esta vez la intención era ir y volver para llegar a comer, pues quedarse a hacer un picnic en un parque abierto al viento podría complicar la vuelta si nos enfriábamos. Así pues, cruzamos Chamberí y el barrio de Salamanca ante la atenta mirada de los más mayores (De los pequeños) ya que no comprendían cómo pueden vivir en la zona de Goya sin bazares ni kebabs. Y tras pasar unas cuantas tiendas de lujo, volvimos a la vida normal, a La Elipa e hicimos una pequeña parada a los pies del Pirulí tratando de averiguar desde abajo la altura total del bicho. Aunque ahora se han construido torres y edificios mucho más grandes, en su momento fue algo más que un hito destacable, (de hecho durante muchos años fue lo que más se destacaba en el skyline de Madrid) y pese a no ser el edificio más alto de Madrid, desde abajo, sigue impresionando. La clave de acertar la altura fue: ¿La antena cuenta?
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| Una magnífica zona de juego para la chavalería |
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| Acercándonos a la rotura de cervicales |
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| (Y el carril bici cantó: "¡Hago CHAS, y desaparezco de tu lado!) |
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El Pirulí que te vi, se flipa en La Elipa.
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Y después de poner a prueba nuestras cervicales mirando hacia el cielo, pedaleamos un poquito más hasta llegar al parque de La Elipa, y allí hicimos nuestra parada de bocadillo, café, jugar en el parque, charlas sobre lo mala que es la IA y lo buenos que somos nosotros los que pedaleamos y poco más. Con mucha calma y algo de fresco, fuimos volviendo a nuestro barrio donde, efectivamente, hay kebabs, y unos cuantos pudimos quitarnos el disgusto de imaginar un barrio sin otras culturas pidiendo unos buenos bocadillos turcos.
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El equipo ciclistoide al completo antes de volver.
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